RABAT. Un barco hecho con cañas de totora, construido por aimaras bolivianos y movido solo por los vientos alisios, cruzó el Océano Atlántico entre África y América hace ahora cincuenta años en una travesía que duró dos meses y cuya gesta se conmemora estos días.  
De los ocho integrantes de aquella aventura llamada “RA II”, capitaneada por el mítico explorador noruego Thor Heyerdahl, famoso por su expedición Kon-Tiki de 1947, solo uno queda con vida- el marroquí Mohamed Ait Ouhanni, quien a sus 80 años es capaz de recordar hasta el último detalle de aquella aventura que pasaron “confinados en alta mar”, como recuerda hoy entre risas.  
Heyerdahl eligió el puerto marroquí de Safi como punto de partida de su barco de totora por ser aquel uno de los más antiguos puertos documentados de África, construido por los fenicios seis siglos antes de Cristo.  
“Fue una expedición histórica, un reto que Heyerdahl logró cumplir, y una experiencia que marcó mi vida para siempre”, cuenta a Efe Ait Ouhanni.  
Desde la ciudad de Casablanca donde ahora vive, Ouhanni relata por teléfono (no quiere recibir a nadie para resguardarse del coronavirus) los avatares de aquel viaje que comenzó en realidad un año atrás, en 1969, con un primer intento fallido porque el primer barco hizo aguas en mitad del Atlántico.   Heyerdahl estaba muy interesado por las similitudes entre las civilizaciones del Antiguo Egipto y las de Mesoamérica, como la adoración al sol y la momificación de cadáveres, e intrigado por el hallazgo de restos de objetos arqueológicos de los antiguos egipcios en el Atlántico.  
Para demostrar la existencia de contactos entre las civilizaciones de ambos continentes y reivindicar los conocimientos de la Antigüedad que la ciencia moderna subestimaba, el aventurero noruego decidió construir una embarcación de papiro, que bautizó con el nombre de RA, en homenaje al dios del sol en la mitología egipcia, para emprender su viaje en el Atlántico.  
El barco de la primera tentativa (RA I), fue construido literalmente frente a las pirámides en Egipto ante las cámaras de los periodistas de todo el mundo, y posteriormente llevado hasta el puerto marroquí de Safi, pero se hundió en el Atlántico tras completar más de la mitad del viaje.  
Aferrado a su sueño, Heyerdahl mandó construir un segundo barco de papiro, esta vez en la misma ciudad de Safi, con la colaboración de las autoridades de Marruecos pero casi en secreto para evitar el ruido mediático anterior.  
Con 15 toneladas de papiro importadas desde las fuentes del Nilo en Etiopía, Heyerdahl trajo a cinco obreros aimaras desde la región del Lago Titicaca de Bolivia -donde pervive el arte y el oficio de la totora, prima hermana del papiro-, quienes en seis semanas construyeron el RA II, un barco más fuerte y más corto que el primero, de 15 metros de largo y 6 de ancho.  
Ait Ouhanni -que no formaba parte de la tripulación y se limitaba entonces a dirigir un hotel donde se alojaba el explorador noruego- cuenta que estaba intrigado por unas obras de construcción que se hacían con toda discreción en un jardín de la ciudad.  
“Descubrí las obras por casualidad cuando un día seguí a escondidas a Heyerdahl, pues sentía mucha curiosidad por saber dónde desaparecía el hombre todos los días. No me creía eso que contaba que se retiraba para escribir un libro”, relata burlonamente.   Una vez descubierto el secreto, Ait Ouhanni logró lo que no imaginaba- ser asociado al proyecto en sustitución del chadiano Abdullah Djibrine, que había participado en el primer viaje y ahora renunciaba por asuntos familiares.  
“Cuando me propusieron integrar el equipo, no lo pensé dos veces. En mi vida había viajado por mar, pero era todo un reto el poder acompañar al gran explorador del Kon-Tiki, y por añadidura representar a mi país”, cuenta apasionado.  
Además del noruego y el marroquí, la tripulación estaba formada por diferentes nacionalidades y religiones- el mexicano Santiago Genovés, el estadounidense Norman Baker, el italiano Carlo Mauri, el ruso Yuri Senkevich, el egipcio Georges Sourial y el japonés Kei Ohara.  
Cada miembro tenía una misión determinada- el ruso era el médico de la tripulación; el egipcio, el buceador que controlaba la quilla del barco; el estadounidense, el especialista en navegación y el italiano controlaba el cordaje y la vela.  
El mexicano estaba encargado de las provisiones y el racionamiento de la comida, el japonés era el cámara del equipo, y el marroquí tenía por misión observar y registrar la contaminación del océano.  
El inglés era la lengua común y todos convivían en coordinación y perfecta sintonía, cumpliendo así con uno de los objetivos del explorador noruego de lanzar un mensaje al mundo sobre el “vivir juntos” en un contexto marcado entonces por las crecientes oleadas de racismo.  
Otro propósito de la expedición era el ecológico- Heyerdahl quería denunciar la contaminación de los océanos en un informe que había presentado a la ONU, y que le permitió poner el barco RA II bajo la bandera celeste de la organización.  
“Hallamos durante el viaje grumos sólidos de petróleo, residuos líquidos en el de Marzo y peces muertos, que yo documentaba con fechas y observaciones cada día”, explicó el navegante marroquí.  
El periplo replicó en lo posible los viajes en barco de los antiguos egipcios- la tripulación se llevó un pato y un mono a bordo, almacenaron carne, pescado y frutos secos, huevos y pan artesanal en recipientes de barro, y agua en el pellejo de ovejas.  
También vivieron diferentes peripecias- avistaron tiburones y ballenas, sufrieron frío y calor, pero lo más grave fue cuando una de las innumerables tormentas les destrozó el timón, o cuando tuvieron que cortar parte de la proa y de la popa para garantizar la flotación del barco.  
“No niego que hubo momentos en los que pasamos miedo, pero teníamos fe y total confianza en nuestro jefe de expedición de que acabaríamos alcanzando nuestro objetivo”, afirma Ait Ouhanni.  
Por fin un día la paloma bravía que viajaba con la expedición salió del barco y ya no regresó, lo que constituía una buena señal- la tierra estaba cerca.   El 12 de julio de 1970, tras haber surcado 6.400 kilómetros, el RA II llegó a su destino en Barbados, donde fue recibido con todos los honores por los habitantes de la isla, encabezados por el mismo gobernador general, Winston Scott.  
El RA II está guardado actualmente en el museo de Kon-Tiki en Oslo, que recoge todas las embarcaciones y objetos atesorados por Tohr Heyerdahl a lo largo de su vida aventurera.  
La Embajada de Noruega en Marruecos tenía previsto homenajear la gesta del RA II en este cincuentenario, pero la crisis del coronavirus se cruzó en sus planes y los interesados ya solo podrán navegar virtualmente por el contenido del homenaje puesto a su disposición en una página de Facebook.